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Frenar el poder de Erdogan sobre los turcos-alemanes

Gero Schließ 31 de julio de 2016

Después del intento de golpe de Estado en Turquía, existen también violencia y amenazas entre turcos en Alemania. La pregunta sobre su lealtad es legítima, pero revela nuestras propias falencias, opina Gero Schließ.

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Manifestaciones en contra del intento de golpe de Estado en Turquía, y no en Estambul o en Ankara, sino en la ciudad alemana de Stuttgart
Manifestaciones en contra del intento de golpe de Estado en Turquía, y no en Estambul o en Ankara, sino en la ciudad alemana de Stuttgart.Imagen: UETD

Hay un problema que es obvio: la mayoría de los tres millones de alemanes con ascendencia turca no apoya la Constitución alemana y no quiere saber nada sobre nuestros valores, como la libertad de expresión y de religión. Ya se les empieza a conocer como “La quinta columna de Erdogan”, de los cuales ya no se puede confiar más. Estas preocupaciones pueden que sean polémicas o exageradas, pero ahora los alemanes, plagados por el miedo al terrorismo, están particularmente sensibles respecto a este tipo de consignas.

Una cosa es segura: después del intento de golpe de Estado en Turquía, se han agrandado las divisiones, como no se veía desde hace mucho tiempo, o nadie quiso ver. El fallido golpe y los subsecuentes ataques de Erdogan contra los derechos civiles han dividido profundamente a la sociedad turca en Alemania. La división pasa las familias y los barrios, sin tener en cuenta el estrato social o profesión.

Casi por doquier se puede apreciar el mismo patrón de comportamiento: seguidores de Erdogan defienden a capa y espada desmantelar el estado de derecho en Turquía y, con gestos intimidantes, rechazan cualquier crítica. Por el contrario, los críticos de Erdogan actúan con cautela, casi sin atreverse a salir en público por miedo a ser víctimas de ataques violentos, de los que, de hecho, ya hay casos.

¿Amos de nuestra propia casa?

Las manifestaciones convocadas para este domingo en Colonia, donde miles de seguidores de Erdogan y de contramanifestantes saldrán a las calles, ahondan aún más las divisiones.

Muchos alemanes empiezan a sentir que no son más amos de su propia casa. Y eso es entendible. No obstante, es una falsa percepción. A fin de cuentas, fuimos nosotros quienes trajimos a trabajadores turcos, y a sus familias, para que vivieran de manera permanente en Alemania. Ahora ésta es también su casa, y son bienvenidos mientras puedan seguir las reglas. En otras palaras, obedecer la ley.

Gero Schließ
Gero Schließ

Por esta misma razón es ridículo que políticos alemanes hayan puesto en duda, a vísperas de las manifestaciones en Colonia, el derecho que tienen a protestar. El derecho a la protesta aplica también a alemanes de ascendencia turca, así como a nacionales extranjeros. Es su derecho poder manifestarse respecto a lo que sucede en su patria. Al mismo tiempo, debe ser claro que no toleraremos violencia, amenazas o intimidaciones, y que tomaremos medidas, con todo el peso de la ley, contra perpetradores. Esto debería aplicar también a miembros del servicio de inteligencia turco.

El presidente del partido de Los Verdes en Alemania, el turco-alemán Cem Özdemir, advierte que no se puede permitir que la influencia de Erdogan llegue hasta Berlín. Özdemir exige que el Gobierno alemán le muestre finalmente al presidente turco la señal de “alto”. Y tiene razón.

La respuesta tímida de la canciller

La ironía, sin embargo, es que la misma Angela Merkel fue quien de manera indirecta envalentonó, con el acuerdo migratorio y las concesiones diplomáticas, a Erdogan. Ahora, con las demandas de Ankara de extraditar a presuntos seguidores de Gülen, la canciller enfrenta nuevas desgracias.

En la rueda de prensa de este jueves, Merkel se mostró poco propensa a mostrar la señal de “alto” a Erdogan. Su llamado a la “proporcionalidad”, con un ojo sobre la comunidad turca en Alemania, fue, en el mejor de los casos, tibio.

Hay que abordar la pregunta sobre la lealtad de la comunidad turca. Está claro que con señales de “alto” no es suficiente. Una reciente encuesta Emnid, hecha a ciudadanos con orígenes turcos, enseñó lo que ya muchos alemanes sospechaban: el sentimiento islámico fundamentalista es generalizado. 47 por ciento de los encuestados consideran más importante el cumplimiento de los mandamientos religiosos que el de las leyes alemanas. Una tercera parte estaba a favor de volver al orden social de los tiempos de Mahoma. Y en general, los turcos sienten que tienen muy poco reconocimiento social.

La responsabilidad de Alemania

Estas alarmantes cifras son una herida autoinfligida por la misma sociedad alemana: nos demoramos mucho en empezar una política seria de inmigración y en discutir acerca de nuestros valores. Por mucho tiempo vimos cómo los turcos estuvieron expuestos al racismo y a la discriminación. Fallamos al no tomar suficientemente en serio su conflictiva lealtad con su tierra natal.

Lo que podemos hacer: hay que ser intransigentes con nuestra demanda de cumplimiento de las reglas democráticas y traer a nuestros vecinos turcos a nuestro centro, y con esto a nuestro discurso. Solo así podremos debilitar, a largo plazo, el poder que tiene Erdogan sobre ellos.