Plástico como hábitat

La basura plástica que llega al mar es dañina para pájaros, mamíferos y peces. Pero no todos los habitantes del mar sufren con ella; al halobates sericeus le es provechosa, pues deposita en ella sus huevos.

Mucho plástico -botellas, aparatos electrodomésticos, bolsas, cubiertas- acaba en algún momento en el mar. Y dado que es más ligero que el agua, flota. Se calcula que en este momento hay unos 100 gramos por kilómetro cuadrado, es decir por los océanos flotan unas 40.000 toneladas de plástico. Esto es peligroso para los pájaros, los peces y las tortugas, que mueren al ingerirlo. No obstante, hay habitantes marinos que saben sacarle provecho.

Ecología | 02.02.2012

El halobates sericeus, conocido como patinador o zapatero de agua, ha aprendido a poner en él sus huevos. Este insecto delgado de un centímetro de largo se deja llevar por la superficie del mar; sólo para su reproducción requiere de algún sustrato sólido donde colocar su cría. Éste puede ser algas o madera, algún hueso. O plástico.

Madera, piedra volcánica o plástico

“El sustrato más importante es la piedra de origen volcánico, es inorgánica, no se puede romper fácilmente y los huevos se adhieren a a ella”, explica a DW el biólogo Martin Thiel. Este lugar lo ocupaba en los siglos anteriores, la madera, que transportaba grandes cantidades. Los diques del siglo XX se encargaron de retener en tierra sus residuos.

Por el contrario, el plástico en los mares ha aumentado dramáticamente: en este momento hay cien veces más plástico en el mar que en la década de 1970. Según investigadores de la Universidad de La Jolla en California en los últimos cuarenta años el halobates no tiene problemas para encontrar lugar donde poner sus huevos.

Esta tortuga, encontrada en una playa de España, murió por ingerir plástico.

Esto no significa que el patinador pueda reproducirse ilimitadamente. La oferta alimentaria del Pacífico limita su crecimiento; además, le hacen competencia los otros habitantes de estas “zonas de convergencia” que conforman los residuos. “En ellos se han formado verdaderas comunidades de organismos que se han adaptado a las condiciones”, explica Thiel que ha evaluado el trabajo de los colegas de California.

Nuevos vecinos

Las algas son las primeras en llegar a cada trozo de residuo que cae al mar. Luego vienen los balanos, un tipo de crustáceo conocido también como bellota de mar. Después llegan los depredadores: el patinador y también las babosas. “Hay también muchos otros organismos, entre ellos los propios del musgo. Muchos peces pequeños y algunos grandes, como el atún, son atraídos a estas zonas”, afirma Thiel. Y las flotas pesqueras lo saben: detectar una zona de convergencia es localizar una zona rica en peces y en atún.

Primero llegan las algas, luego los balanos. El halobates.

Por otro lado, el ir y venir del agua y los rayos UVA logran convertir los residuos en micro plásticos: fragmentos tan pequeños que no son perceptibles a simple vista. La mayor parte del plástico presente ahora en el mar tiene ya esas dimensiones; cabe anotar, que buena parte llegó así a los océanos.

Plástico invisible

“La mayor parte la conforman las fibras sintéticas de textiles, los componentes de los productos de limpieza y los catalizadores en la producción química. También el desgaste de los neumáticos, que con la lluvia llega a los ríos y al mar”, explica a DW Heinz-Dieter Franke de la estación biológica del Instituto Alfred Wegener en la isla de Helgoland. De estos materiales se desprendan sustancias nocivas que permanecen por mucho tiempo en los océanos; por otra parte, sus pequeñas partículas son ingeridas fácilmente y llegan a la cadena alimentaria. “Se corre el peligro de que esas sustancias ataquen el sistema hormonal de los otros organismos”, explica Franke.

Los cerros de plástico crecen al ritmo de las ciudades.

A pesar de que el fenómeno es conocido, la ciencia sabe todavía muy poco respecto a qué es lo que cambia en un entorno en el cual hay especialmente mucha basura plástica. “Se trata de un hábitat ubicado en pleno océano que es muy difícil de observar, sabemos muy poco acerca de ese entorno ecológico”, reconoce Thiel.

Como fuere, claro está que la presencia del plástico en los océanos cambia metabolismos y flujos de energía. Aparte de las desventajas evidentes para ciertas especies, “lo que esto puede significar depende del enfoque”, concluye Franke. Así, si para los pequeños peces que se alimentan de huevos, la mayor presencia del halobates es una buena noticia y el incremento de su población beneficia a los pescadores, para otro tipo de peces, que se alimentan de plancton, mayores islas de plástico representan mayor población de halobates y esto, a su vez, mayor competencia.

Autor: Fabian Schmidt/Mirra Banchón
Editora: Claudia Herrera-Pahl

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