Refugiadas lesbianas a merced de la burocracia alemana

Huyeron de la violencia y la discriminación en sus hogares africanos para acabar siendo víctimas del engorroso sistema de asilo en Alemania.

"No sé lo que quieren”, dice Diana Namusoke a DW, en su voz teñida de frustración. "No sé qué es lo que no creen”. Estamos sentadas en una pequeña sala de una iglesia en el barrio berlinés de Kreuzberg, en un frío día de enero. Namusoke no se quita ni su abrigo ni su gorro de lana. Da la impresión de que esta mujer, de baja estatura, se hunde en su propia ropa, como escondiéndose todavía más del mundo.

Frente a ella se sienta Success Johnson, que remueve con ansiedad una cuchara en su copa de té. Johnson aspira aire a través de los dientes y agita la cabeza. "Los demás no les importan”, dice la mujer.

Namusoke, de 48 años, y Johnson, de 27, son dos mujeres lesbianas, la primera oriunda de Uganda y la segunda de Nigeria, que han venido a Alemania para solicitar asilo. Han explicado, primero a los policías que las recogieron, luego a los trabajadores humanitarios de los centros para refugiados a los que fueron transferidas y posteriormente durante las entrevistas que les hizo la Oficina Federal para Migración y Refugio (BAMF, por sus siglas en alemán), que temían por su vida en sus respectivos países de origen. Que una mujer lesbiana no estaba segura en ninguna parte. Y ahora están en grave peligro de ser deportadas a los lugares de los que han intentado desesperadamente escapar.

Ni la BAMF ni los tribunales administrativos que se hicieron cargo de las apelaciones de estas mujeres creen que sean homosexuales. Como Namusoke y Johnson no aportaron "un relato coherente de sus experiencias”, dice la BAMF, sus solicitudes de asilo fueron rechazadas.

Esto llevó a que en noviembre ambas mujeres volvieran a huir: de la región meridional de Baviera, donde se tramitaron y rechazaron sus peticiones y donde se ordenaron sus deportaciones, a Berlín, donde dos comunidades eclesiásticas les ofrecieron asilo.

Escapar de la violencia y de la discriminación

Namusoke sabía que era lesbiana desde pequeña. A los 13 años tuvo su primera novia. Logró mantener oculta su orientación sexual durante un tiempo, pero finalmente su familia lo descubrió cuando y la echó de casa. Tenía 16 años. Fue el fin de su escolaridad y de su vida familiar. También fue el comienzo de una vida marcada por el miedo, la incertidumbre y la incesante burocracia. En Uganda, la homosexualidad es ilegal y se castiga con severas penas de prisión.

Como Namusoke, muchas personas LGBTI en Uganda tienen que esconder su orientación sexual o su identidad de género

La abogada de Namusoke, Andrea Reents, quien ha representado a muchos refugiados LGBTI en Alemania, dice a DW que en los países donde las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son ilegales el Estado de derecho cierra los ojos ante los actos de violencia contra los individuos. "La gente recibe palizas en medio de la calle”, explica. "El problema es que cuando la policía interviene, no son los agresores quienes son arrestados, sino la víctima”.

Namusoke también pasó por el calvario de una brutal agresión física, tal y como relata en una petición en forma de vídeo que dirigió al Bundestag, el Parlamento alemán. En 2014, con ayuda de un conocido, logró montarse en un vuelo en dirección Alemania. Nada más poner un pie en suelo germano, solicitó asilo.

En su declaración inicial a la policía, Namusoke dijo que era lesbiana. Sin embargo, después fue llevada a un centro de refugiados con otros solicitantes de asilo procedentes de Uganda y otros países africanos. Un miedo familiar volvió a correr por sus venas.

"Empecé a tener miedo de que, si salía del armario, la gente me discriminaría como lo hicieron en el pasado”, cuenta. Así que, cuando llegó la hora de su entrevista con la BAMF, sencillamente dijo que huía de Uganda porque su familia quería que contrajera matrimonio forzosamente.

Deficiencias típicas

Para Ulrike La Gro, de la asociación federal de asilo eclesiástico, esto es representativo de las deficiencias del sistema de asilo alemán a la hora de abordar los casos de individuos particularmente vulnerables, como los refugiados LGBTI.

"Se supone que tienes que recibir una protección y un asesoramiento especial antes de ir a tu entrevista con la BAMF (si le has dicho a las autoridades que eres homosexual)”, subraya a DW. Pero en el refugio Namusoke no se sentía lo suficientemente segura para salir del armario. A juicio de La Gro, otro problema es que las evaluaciones de caso de la BAMF a menudo se publican en alemán y necesitan ser traducidas.

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"A ella le preocupaba que, si alguien traducía el documento por ella, verían el motivo (de su solicitud) y tendría que afrontar esas experiencias de nuevo”, sostiene.

Johnson también sabía ya que era lesbiana a los 13 años. Perdió a sus padres muy pequeña y creció en Ciudad de Benín, capital del estado nigeriano de Edo. En Nigeria, las relaciones homosexuales también son ilegales. Luego de que una ley contra el matrimonio igualitario fuese aprobada en 2014, el aumento de la tolerancia respecto a la violencia homófoba hizo que fuese "imposible” para ella seguir viviendo allí, recuerda la joven. Abandonó el país africano en 2016, viajando primero a Libia y desde allí cruzando el Mediterráneo hasta llegar a España.

Choque cultural

Le cuesta hablar de sus experiencias. Una y otra vez se detiene a mitad de la frase, su voz se apaga y su mirada se queda fijada en la taza que tiene delante. "No quiero hablar de España”, dice. "Fue doloroso”.

En algún momento de su travesía fue violada y al llegar a España dio luz a una niña. Johnson vivió ilegalmente en el país ibérico y, en algún momento, las autoridades le quitaron a la pequeña. Los detalles son vagos. Entonces siguió su camino hacia Suiza, donde solicitó asilo sin éxito, tras lo cual probó suerte en Alemania.

En su primera petición de asilo, Johnson no dijo que era lesbiana, en parte porque le preocupada que no la creyeran por su hija: "Pensé que si salía del armario y decía que era lesbiana, me darían la espalda”. Fue solo tras toparse con la organización LeTRa, un centro de asesoramiento para lesbianas con sede en Múnich, cuando empezó a sentirse cómoda expresando su orientación sexual. Es allí donde conoció a Namusoke.

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Julia Serdarov, asesora de LeTRa que ha estado activamente involucrada en sus casos, dice que los relatos contradictorios de estas mujeres tienen que ser vistas a través de lentes culturales. "Estas entrevistas (con la BAMF) te exigen desarrollar una narrativa muy específica sobre tu propia biografía. Y realmente creo que la BAMF espera estos choques cuando la gente está reviviendo eventos muy traumáticos”.

Tanto los abogados Johnson como de Namusoke han apelado ante los tribunales bávaros y la respuesta de estos está aún por llegar. El asilo eclesiástico les salvó de la deportación en noviembre, pero no eliminó el miedo y la ansiedad que les acompaña en cada paso que dan.

"Ya no estamos seguras”, dice Namusoke, quien incide en que la publicidad de sus casos implica que ahora pueden ser sacadas del armario fácilmente en sus países. "No puedes dormir por las noches”, confiesa Johnson. "Cierras un ojo y abres el otro. Siempre tienes miedo”.

(eal/jov)

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