"América Latina está fracturada"

La paz en Colombia, migrantes venezolanos en Cúcuta, cárceles de Nicaragua, nuevos acuerdos. Con dos políticos, coartífices de un lustro de relaciones entre la UE y América Latina, DW detecta hitos y cosas pendientes.

"A pesar de lo duro que fue la visita a Nicaragua, la emoción que sentí cuando en la rueda de prensa dijimos que no se trataba de un golpe de Estado sino que el país quería libertad fue mi mejor momento en este mandato”, dice a DW Ramón Jáuregui, eurodiputado español .

"Que nos hubiesen permitido  hacer todo lo que propusimos –a pesar de los malos augurios- y que los encuentros fueran un éxito, me hizo sentir que mi profesión es útil y sirve”, comenta Jáuregui, político socialdemócrata de larga trayectoria y que entre 2014 y 2019 ejerció como presidente de la Asamblea Eurolatinoamericana (Eurolat). De los 751 diputados que componen el Parlamento Europeo, 75 tienen entre sus tareas ser miembros de Eurolat, cámara que los reúne con otros 75 de diversos parlamentos latinoamericanos. 

Los miembros de esta Asamblea y los de las Delegaciones para las relaciones con regiones o países latinoamericanos - países del Mercosur, andinos, centroamericanos, México,  Brasil y Chile- visitan los países en cuestión, van a la delantera cuando se trata de resoluciones y debates al respecto, reciben a sus contrapartes, escuchan a la sociedad civil. Aunque provienen de los 28 estados miembros de la UE,  en las Delegaciones que tienen que ver con Latinoamérica la presencia activa de españoles, portugueses y también italianos es decisiva.

"El momento más esperanzador de este mandato para mí fue la firma de los Acuerdos de Paz en Colombia y la visita de Juan Manuel Santos al Parlamento Europeo”, dice a DW José Inázio Faria, eurodiputado portugués del bloque conservador. 

"El peor fue presenciar cómo la gente llega a morir a Cúcuta por la crisis humanitaria en Venezuela. También fue impactante ver presos políticos en Nicaragua metidos en agujeros infrahumanos”, comenta Faria, miembro de Eurolat y de la Delegación para las relaciones con América Central.

Red de tratados

Cuando comenzó este mandato, la esperanza de un acercamiento de bloque a bloque se concentraba en la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, creada en 2010). Acababan de entrar en vigor los acuerdos de asociación con América Central - el primero de región a región - y con Colombia y Perú.

Conferencia sobre la crisis humanitaria en Venezuela, coorganizada por José Inázio Faria, en Lisboa (mayo, 2016)

A la red de acuerdos se sumaron luego el acuerdo de cooperación con Cuba - en plena apertura de Washington - y el de Ecuador. También la apertura de negociaciones para modernizar los tratados existentes con México y Chile (al parecer, a punto de culminar). Culminar el acuerdo con Mercosur - cuya negociación volvió a abrirse hace nueve años en la cumbre UE-América Latina de Madrid - sigue pendiente.

Sin espacios comunes

En este período, de los tres grandes encuentros entre ambos bloques que pudo haber habido, no hubo sino uno. En el de Bruselas (2015), la fractura se anunciaba. Con la  sucesión de Nicolás Maduro al difunto Hugo Chávez - constante piedra en el zapato europeo, con influjo español - se comenzaron a resquebrajar las instancias regionales latinoamericanas. 

Entretanto, "la fractura regional de América Latina es tan enorme que no podemos ser optimistas en cuanto a la recuperación de un marco institucional de cumbres UE-América Latina. No hay ninguna organización internacional que la represente. La suspensión de la cumbre de El Salvador (2017) fue una suspensión con efectos retardados. Va a costar mucho recuperar esa relación estratégica institucional”, lamenta Jáuregui. 

"Desgraciadamente los acontecimientos con Venezuela, Nicaragua, Cuba y  Brasil, también la fractura entre el Grupo de Lima y el resto - incluyendo a México - no hacen previsible que eso se recupere. América Latina está fracturada”, agrega. "Son los latinoamericanos los que han bloqueado la CELAC”, apunta Faria, "la situación actual es tan frágil y el deterioro es tan visible que la nueva Comisión y el nuevo Parlamento podrían plantearse si las inversiones europeas - también en cuanto a cooperación democrática y social - están bien localizadas”, añade.

¿Desmarcarse de Washington?

Según Jáuregui, la fractura de América Latina está íntimamente relacionada con la estrategia del gobierno de Donald Trump para Venezuela, Nicaragua y Cuba.

"Pero ante su estrategia de ahogamiento y ruina de esos países, el supuesto "triángulo del mal”, los europeos debemos personalizar más nuestra propia política en la región”, dice Jáuregui. "La UE hace bien con su Grupo de Contacto Internacional para Venezuela, con su mano tendida a Nicaragua a pesar de posibles sanciones, con su acuerdo de cooperación con Cuba que apuesta por acompañar la evolución hacia una estabilidad democrática. Eso nos diferencia mucho de Estados Unidos y los que orquestan una estrategia de acoso y beligerancia”, resalta.

Con todo, en el Parlamento Europeo, "es muy frecuente ahora evitar criticar a Colombia en su incumplimiento de los Acuerdos de Paz, se veta cualquier comentario sobre la política brasileña, se apaga cualquier censura a los fracasos de Macri con su política macroeconómica y hay como una oleada de aplauso a esa nueva derecha que ha surgido del fracaso del Alba. Eso se junta con las políticas Trump que quieren recuperar el patio trasero para que secunden los intereses norteamericanos”, destaca Jáuregui.

Ramón Jáuregui, conferencia de prensa en la visita a Nicaragua

"Pero ésa no va a ser la política europea”, afirma. "Es una certeza: diga lo que diga el próximo Parlamento, los Estados miembros de la UE - Finlandia, Suecia, Portugal, España, Grecia y la misma Francia - no van a optar por fracturar lo que hemos estado haciendo  como europeos”, añade. 

"Lo más importante es que, en este momento crítico, los países latinoamericanos tengan claro que el bloque europeo debe ser su principal socio pues ni Estados Unidos, ni China, ni Rusia son confiables”, opina Faria. La apuesta por el respeto a los derechos humanos, a la instituciones democráticas, por el multilateralismo, por la lucha contra la corrupción, el comercio para crear bienestar, la responsabilidad empresarial "debe ser defendida con una gran alianza América Latina-Unión Europea, porque hay una gran convergencia en cuanto a valores occidentales”, resalta Jáuregui.

En este sentido, para el saliente presidente de Eurolat sus peores momentos del mandato fueron precisamente cuando "queriendo alcanzar acuerdos conjuntos sobre problemas comunes - como la migración y las crisis democráticas -, los parlamentarios latinoamericanos nos acusan a los europeos de ingerencismo”.

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El "Puente Internacional Simón Bolívar" se hizo conocido en el mundo cuando el autoproclamado presidente venezolano, Juan Guaidó, intentó liderar el transporte de ayuda humanitaria procedente de EE. UU. desde Colombia hacia Venezuela. El presidente Nicolás Maduro ordenó cerrar el puente, en la parte venezolana, por considerar que ese acto respondía a intereses políticos. El puente sigue cerrado.

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Bienvenidos a Colombia

Sin embargo, hay excepciones: gente mayor de 55 años, madres con niños, estudiantes y discapacitados pueden cruzar el puente en dirección a Colombia. Entre ellos, hay jubilados que abandonan su país a una edad avanzada. Madres que vacunan a sus hijos en Colombia, y niños que van allí a la escuela. Casi todos necesitan medicamentos y comida caliente.

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Para los que no pueden usar el puente Simón Bolívar de forma legal, las trochas son la única esperanza. Son caminos ilegales fronterizos, que usan miles de personas diariamente. Quien decida usar estos inseguros senderos, corre un gran riesgo. Los llamados "colectivos", gruposde matones armados, exigen dinero para poder cruzar la frontera. Quien no pague, puede ser víctima de violencia.

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La Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas evoca la amistad entre los países vecinos, pero es casi innecesario. En Colombia, la gente no ha olvidado los tiempos del conflicto interno, cuando miles de personas emigraron a Venezuela y probaron suerte allí. Ahora, dicen muchos colombianos, es la hora de devolver esa ayuda.

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Colombia, que durante décadas fue un país acostumbrado a emigrar, tuvo que adaptarse en poco tiempo a recibir muchos migrantes de Venezuela. El puente Simón Bolívar es uno de los siete pasos fronterizos oficiales entre Colombia y Venezuela. Justo en el puente se halla la oficina de control migratorio.

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Quien haya solucionado los temas burocráticos, será recibido por la Cruz Roja y el servicio de ayuda a refugiados de las Naciones Unidas. Aquí se presta la atención médica más urgente y se informa a los recién llegados sobre sus derechos. Muchos de los venezolanos desconocen la información, dicen los responsables de ACNUR.

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La primera pregunta de los refugiados es casi siempre dónde pueden comer algo. Las organizaciones los envían a la Diócesis de Cúcuta, donde se creó en poco tiempo un comedor en el que pueden desayunar y almorzar. Pero solo atiende a gente mayor, discapacitados, mujeres y menores de edad.

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Los primeros que huyeron de Venezuela lo hicieron en avión, la clase alta. La segunda oleada de venezolanos llegó a Colombia en bus. Ahora, los más pobres y débiles llegan a pie. Y siguen su camino porque no todos pueden permanecer en Cúcuta. En la Cruz Roja reciben información sobre la ruta hacia Bucaramanga: cinco horas en auto... pero, ¿a pie?

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Algunos venezolanos no sobreviven ese periplo, ya que subestiman el esfuerzo requerido y el frío imperante en las montañas de Colombia, a 3.000 metros de altura. Los mensajes dejados en Los Patios, cerca de Cúcuta, dan cuenta del sentir de muchos. Todos los que plasmaron aquí su huella manifiestan la voluntad de regresar algún día a su patria.

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