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Cortázar: 90 años no es nada

Emilia Rojas26 de agosto de 2004

La invitación sigue en pie, a 20 años de su muerte; la invitación a celebrar el 90. cumpleaños de Julio Cortázar, volviendo a incursionar en su mundo, inquietante y de difícil acceso para el público alemán.

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Julio Cortázar, traducido al alemán.

Poca resonancia ha tenido en Alemania el "año de Cortázar", fuera del ámbito académico-literario. Este 26 de agosto, la prensa germana le dedica sólo un artículo - homenaje, en el nonagésimo aniversario de su nacimiento. "Has de querer ser cómplice, lector", advierte su autora, Karin Ceballos, en su invitación a pasar unos minutos con el "magnífico escritor argentino y enorme cronopio". Y asegura que el hecho de que haya muerto hace dos décadas "no puede ser un verdadero obstáculo en la conspiración cómplice entre autor y lector".

Resabios del boom latinoamericano

La traducción al alemán de sus cuentos completos fue publicada en 1998, pero muchos de sus relatos y sus principales novelas eran ya conocidas en el marco del boom de la literatura latinoamericana de los años 70. La crítica, desde luego, no ha escatimado en elogios ni en análisis de su obra. Se ha escrito sobre la incertidumbre, lo indeterminado, lo lúdico y lo inquietante que rodea a su creación literaria, sobre el compromiso político del escritor y, por supuesto, sobre los imprescindibles cronopios.

Julio Cortazar
Cortazar al recibir el premio literario Prix Medicis, en 1974, en París.Imagen: dpa

Pero Cortázar no es hoy un autor de lectura masiva en Alemania. Quizá, justamente, porque sus relatos invaden sutilmente la intimidad de la mente del lector, para colarse incluso con frecuencia en el corazón. Para disfrutar de su mundo hay que estar dispuesto a adentrarse en él, a colgar en una percha la milenaria impronta de la lógica aristotélica para asumir otra: la del ser humano que anda a tientas por el mundo, intuyendo que es mucho más profundo y difuso de lo que abarcan sus convencionales cinco sentidos.

¿Cronopios germanos?

Para los alemanes, celosos de su racionalidad y sus esquemas pulcramente definidos, no es fácil seguirle el juego. Porque no se trata de contemplar, desde fuera, lo que ocurre en el Macondo del aplaudido realismo mágico, sino de hacer yunta con "un tal Lucas" para ir por ahí poniendo en jaque convenciones varias o de aventurarse a recorrer la ruta de París a Marsella por otros caminos del alma. Nada práctico, nada cuerdo, nada siquiera realmente metafísico.

Quizá algún día llegue alguien que convenza a los alemanes de que, en el fondo de su ser, también tienen algo de cronopios, pero a la germana, con su obsesión por la seguridad, la planificación, el control de la situación. Y quizá en ese momento redescubran a Cortazar y puedan mirarse en su espejo, cóncavo o convexo como esos de las ferias de diversiones, pero lúcido, vigente y universal.