La bandera arcoíris, en alto pese al auge conservador en América Latina

El giro hacia el conservadurismo ha puesto freno a una etapa de históricos avances en derechos LGBTI y hace temer una vuelta atrás en las conquistas logradas.

El 28 de diciembre de 2009, un beso entre dos hombres quedó grabado para siempre en la historia latinoamericana. Álex Freyre y José María di Bello aprovecharon un vacío legal para casarse en Buenos Aires, convirtiéndose en el primer matrimonio entre personas del mismo sexo de América Latina. Se abría una grieta, deslumbrante, en la visión del continente como un reducto del conservadurismo social que pervivía -y aún pervive- en el imaginario de muchos.

Meses después llegó la ley del matrimonio igualitario a Argentina. Le siguió Uruguay y, con el paso de los años, la igualdad legal de las parejas homosexuales fue aterrizando, con matices, en países tan diversos como Brasil, Colombia o algunos estados mexicanos. Naciones como Ecuador o Chile se inclinaron por la opción más descafeinada de la unión civil. Mientras tanto, las leyes relativas al reconocimiento de la identidad de género también se fueron abriendo paso, de nuevo con el caso argentino como referente no ya en la geografía latinoamericana, sino en todo el mundo.  América Latina ondeaba enérgicamente la bandera arcoíris.

"Este avance estuvo íntimamente relacionado con los movimientos sociales en América Latina de los últimos cuarenta años”, dice a DW Clifton Cortez, asesor del Banco Mundial en orientación sexual e identidad de género. El analista hace referencia al movimiento feminista y al de los pueblos indígenas entre otros: "Se trataba de gente reclamando sus derechos, respeto, dignidad y también inclusión, tanto en la sociedad como en la economía”.

Luis Larraín, joven referente del activismo LGBTI en Chile, valora los progresos de su país como un "avance sostenido, lento pero permanente”. "Empezamos a empujar el tema desde la sociedad civil hasta que se convirtió un tema obligatorio de toda elección”, cuenta a DW. El fin de la etapa progresista que encarnó Michelle Bachelet y la llegada del conservador Sebastián Piñera no desalentó a nadie: aunque la legalización del matrimonio gay sigue empantanada, la semana pasada el Congreso aprobó la adopción homoparental y trasladó el asunto al Senado.

"En algunos gobiernos se avanza más, en otros menos”, reconoce Larraín. "Nuestro principal problema es que, cuando era candidato, el actual presidente siempre se manifestó en contra del matrimonio igualitario”.

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Fuerza Latina | 02.04.2019

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Como en Chile, muchos de los países que hace no tanto daban pasos de gigante en materia de derechos LGBTI han aupado ahora a gobernantes socialmente conservadores. El brasileño Jair Bolsonaro, cuyas declaraciones homófobicas y machistas han dado la vuelta al mundo, es quizás el mejor ejemplo. La llamada "década progresista”, que acompañó -al menos históricamente- a estas conquistas de derechos humanos, ha tocado a su fin.

Auge ultrarreligioso

Pero no solo se trata del Ejecutivo. "Hay un crecimiento en la sociedad de movimientos conservadores que se han organizado muchísimo”, explica el académico estadounidense Javier Corrales, de origen cubano. Entrevistado por DW, este especialista en política latinoamericana subraya la importancia del auge evangélico en todo el continente, grupos cuya influencia se extiende también sobre gobiernos progresistas como el de Andrés Manuel López Obrador en México: "Hasta el Gobierno cubano, históricamente ateo, se ha sometido a los evangélicos, aún siendo una dictadura”.

La coyuntura ha cambiado y lo ha hecho de forma radical. ¿Hay que temer un retroceso en las conquistas sociales que hicieron historia hace solo unos años? "Yo no les concedería tanto poder, pero sí que pueden poner freno a los avances”, aventura Corrales. Por su parte, Cortez cree que "el espacio que se abrió en la última década sigue siendo mucho más abierto que hace diez años”, pese a que no falten los motivos de preocupación.

Ambos expertos coinciden, sin embargo, en que los movimientos LGBTI en la región son más fuertes que nunca y que no cederán ante esta aparente hostilidad social y política. "Los gobiernos van a tener que tomarlos más en serio”, opina Cortez. E incluso si estos mandatarios se convierten de su causa, los activistas podrían salir más fuertes que nunca, casi como un mecanismo natural de supervivencia: "La historia de los derechos LGBTI en América Latina siempre ha avanzado frente a gobiernos que se oponían”, sostiene Corrales. "A lo mejor esta nueva resistencia acaba trayendo un efecto dinamizador”.

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Un tercio de los países del mundo criminalizan las relaciones sexuales consensuadas entre personas del mismo sexo. En nueve de ellos la pena puede ser la muerte. Frente a esto, el matrimonio igualitario es legal poco más de 20 Estados. Y a veces ni siquiera en todo el país: en México, por ejemplo, solo nueve estados de la república reconocen este derecho humano. El camino por recorrer es largo.

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Argentina fue el primer país del continente latinoamericano en reconocer a las parejas homosexuales el derecho al matrimonio, en el año 2010. Se convirtió en el décimo país del mundo en hacerlo. Brasil y Uruguay siguieron sus pasos en 2013. Los avances han sido múltiples en estos años, pero los activistas recuerdan que no es este el único ámbito donde homosexuales y bisexuales son discriminadas.

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